Día 25 de octubre

Jesús hoy nos dice algo muy fuerte, casi para echarnos a temblar, si pensáramos que el sentido de sus palabras es literal. Con el Evangelio mal entendido puede ser real. Y con el Evangelio llevado al extremo en su práctica, también. Dice Jesús que ha venido a pegar fuego al mundo y que ojalá ya estuviera ardiendo. Más adelante nos dice, que no ha venido a traer la paz a las familias sino la guerra, que habrá mucha discordia por su parte y muchas divisiones.

En el segundo caso sería auténticamente cierto, si la fe en Jesús y su Evangelio impactara en nuestros corazones y transformara realmente nuestras vidas, seguro que tendría muchos opositores, sobre todo aquellos que desconocieran esa otra realidad, la realidad del amor, la justicia y la pasión por la verdad y las cosas sagradas. Pero nuestra realidad es que vivimos una fe tibia –los que tenemos fe-. Llegará un día en que nos olvidaremos de la palabra “salvación”, pero qué bien lo íbamos a pasar sin un compromiso moral. No pensar que lo digo en serio, me embarga una gran tristeza.

El católico, por estar inmerso en un sinfín de normas Iglesia-mundo, no vive una pura realidad cristiana, no centra su vida en el Evangelio, no tiene como referente en el día a día, el amor de Dios y el amor al hombre, “amar al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Vivimos familiarizados con la mentira, el rencor, la envidia, el juicio rápido, la indiferencia y el olvido, el egoísmo y la ambición, la crítica, la falta de compromiso social y comunitario…

Hay un montón de lacras que nos persiguen a lo largo de nuestra vida que no somos capaces de rechazar y nos rendimos ante sus aparentes beneficios. Hemos perdido la ilusión en el espíritu, y es triste, porque es lo que perdura y nos acompañará siempre; no tenemos un proyecto espiritual; se está perdiendo la bonita costumbre de educar a los hijos en la fe. La vida está centrada en el materialismo, que debería ser un aspecto secundario de nuestra vida y nunca dejar de lado nuestra moralidad y espiritualidad. Como dice Cristo: “No solo de pan vive el hombre” (Mateo 4:4). Va a llegar el día en que todo lo centremos en el pan, en el tener.

Esta vida bacía de la humanidad es lo que lleva a Jesús a decir esas palabras tan fuertes del principio. Jesús no quiere adormecimiento, tibieza, inmoralidad, ni adoración de ídolos. Jesús pasó por un bautismo trágico asumiendo nuestros pecados y aceptando una muerte en cruz y una humillación inmerecida, y ve con tristeza que el mundo no reconoce su entrega. El mundo prefiere vivir en tinieblas y así no descubrirse sus fechorías. La luz incomoda, trae las discordias que mencionaba al principio, la guerra entre la familia cuando algunos defienden la luz y la verdad, terminarían desheredados y que se conformaran con el premio que les va a dar Jesús cuando mueran; eso piensan los ciegos que no quieren ver.

El mundo no solo no le reconoció en su día, sino que vuelve hoy a olvidarse del patrono (de la parábola) que se va, y como tarda mucho en volver, es posible que no vuelva, se piensa, y lo mejor es vivir como si fuéramos nosotros los dueños del cortijo; errónea reflexión, porque el Señor, ¡volverá!

Señor, no permitas nunca que tu ira caiga sobre nosotros y busca, Señor, alguna solución para que volvamos a ti y lleguemos a una Nueva Reconciliación, un nuevo Pacto, en el que te reconozcamos como nuestro dueño, Señor y Salvador Lucas 12, 49-53

Reflexión: