Día 6 de octubre

Todos los encuentros con el Señor y su Palabra son importantes para nuestra formación cristiana, pero hay algunos que debemos tenerlos siempre presentes y este es uno de ellos. Los setenta y dos discípulos que fueron enviados a predicar el otro día, hoy vuelven emocionados; se sienten extremadamente asombrados porque han visto que nada se les resiste: ni la enfermedad, ni la picadura mortal de insectos, ni la del alacrán, ni la mordedura de la víbora, y lo que es más sorprendente, los demonios se someten en el nombre de Jesús; decían: todo el mal pierde su poder en el nombre de Jesús. Dice Jesús a sus discípulos: con ser importante lo que habéis hecho y de lo que habéis sido testigos, alegraos mucho más porque vuestros nombres están escritos en el cielo.

Cuando los discípulos se lo contaron a Jesús también Él se emocionó, incluso tuvo algo más, como si entrara en una especie éxtasis. Lleno de alegría del Espíritu Santo, hizo una revelación dirigiéndose al Padre: Te doy gracias Padre, Señor de cielos y tierra, porque estas cosas se las has enseñado a la gente sencilla, así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel al que el Hijo se lo quiera revelar. Y, volviéndose a los discípulos les dice de nuevo: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis. Porque muchos profetas quisieron ver lo que vosotros veis y oís y no lo vieron ni lo oyeron.

Es magistral la relación de confianza que tenía Jesús con sus discípulos, lo que nos debe servir de estímulo para buscar la amistad con Jesús, acercarnos a Él y decirle que confíe en nosotros, porque este encuentro nos ha sido de mucha utilidad, que aunque no somos dignos de que nuestro nombre ya esté escrito en el cielo, sí nos sentimos contentos y felices de saber que hay cielo y de tener algo bueno por qué luchar. Todos los prodigios que hicieron los discípulos palidecen ante el hecho de saber que sus nombres están escritos en el cielo, que ya se pueden considerar mucho más que llamados, sino elegidos.

Verdaderamente este encuentro representa una motivación en mi vida que me empuja a seguir a Jesús: su humanidad que le lleva a emocionarse como a cualquier mortal; su divinidad para conocer y confiarnos secretos del Padre; y su especial sensibilidad y amor hacia la gente sencilla.

Seamos humildes nosotros también y sentiremos en nuestro caminar la presencia del Señor; este estado nos lleva a la oración frecuente y esta nos mantendrá atentos a su santa voluntad  Lucas 10, 17-24

Reflexión: