Día 9 de septiembre

¡Qué belleza!, ¡cuánta vida!, ¡qué frescura! Gotas de cielo han caído sobre la tierra. La tierra vuelve a ser libre y tener esperanza porque su pecado ha sido perdonado. Lo seco retoñece, el agua vuelve a la estepa, lo torcido se endereza; el cojo salta, el ciego ve, el sordo oye. En definitiva, el cielo se ha abierto y se han derramado bendiciones en nuestra limitada existencia Isaías 35, 4-7a

Los católicos y creyentes nos pasamos falsamente media vida pidiendo a Dios por los pobres, y cuando tenemos la oportunidad de ayudar a uno, huimos de él como si apestara y no todos apestan; pocos son los que huelen mal y pueden manchar; pocos o ninguno podría contagiar una enfermedad; nunca jamás sería una deshonra ayudar a un pobre aunque hubiéramos de permanecer a su lado durante largo rato.

Nuestra hipocresía queda al descubierto en muchas ocasiones a lo largo de la vida. Jesús hoy me dice, que si me he dado cuenta de esta incoherencia no siga cayendo en el mismo error. Que no sienta rechazo hacia este tipo de personas, que tenga caridad y nunca rehúya a un pobre, porque aunque esté sucio por fuera quizá el alma la pueda tener más limpia y blanca que otros que nos autoproclamamos creyentes.

Nos pone Jesús un ejemplo de lo que viene a suceder cuando un pobre harapiento y andrajoso y un rico enjoyado entran en una Iglesia: al rico se lo llevan a los primeros asientos reservados, y al pobre lo hacen sentarse en el último banco o en el suelo, si no lo invitan a salir de la Iglesia. Cuando actuamos así lo hacemos con criterios malos y Cristo nos dice que no juntemos la fe con este modo de obrar, eso es indigno en una persona de fe; caigamos de la burra de una vez y actuemos sin prejuicios y con generosidad. En Jesús se da el anuncio del profeta Santiago 2, 1-5

Según recorría la Decápolis le presentaron un sordomudo que no oía y apenas hablaba y Cristo se compadeció de él y le devolvió el oído y el habla. Este es uno de los miles de milagros que hizo Jesús. Todo lo hacía bien; por donde pasaba quitaba las penas y traía vida y alegría. Jesús con este hecho nos insta a que no seamos sordos, ni ciegos, ni mudos sobre todo con respecto a la palabra de Dios: quiere que tengamos disposición para oír y anunciar la Palabra, y tampoco le gusta, qué ciegos voluntarios y faltos de iluminación intentemos conducir a otros ciegos, ya imaginamos el final del trayecto. Por eso si importante es conocer esto, más importante es oír la palabra de Dios y proclamarla. ¿Para qué sirven los oídos y la lengua, cuando la utilidad que se le dan es indigna?

Tenemos que aprovechar estos dones que Dios nos concede para poder oír la palabra de Dios que nos regocija y nos une como hermanos; dichoso el que a través de su palabra se siente cercano a Dios. Con frecuencia la fe nace a raíz de oír la palabra de Dios. ¡Qué gozo poder ver las maravillas de la creación! ¡No es menos gozo sentir que esas maravillas te circundan y las ves con los ojos de la fe!

Jesús, a todos curaba, a unos el cuerpo a otros el alma, pero las curaciones físicas nunca quiso que se comentasen, sí animaba a que se diera gracias a Dios, y en algún caso, que se pusiese en conocimiento del jefe de la sinagoga Mateo 1, 1-2.15-16.18-23

Reflexión: