Día 2 de septiembre

Hoy es un día grande para los creyentes; basta recordar que Dios nos ha mirado, nos ha elegido y nos ha dado unos decretos que nos ayudarán a vivir justa y felizmente. Todos los días son grandes cuando nos invade este pensamiento, pero como todos los días no los puedo celebrar lo voy a celebrar hoy; y con mayor razón porque es domingo y es el día del Señor.

Pero yo lo celebraré porque Dios nuestro Señor condujo a su pueblo por el desierto durante cuarenta años; la tierra donde manaba leche y miel era una tierra abundantemente rica y valió la pena tardar tanto tiempo en llegar a ella y conquistarla. Pero lo más importante es que Dios se ha manifestado a su pueblo en multitud de ocasiones y por fin en esos días se ha sabido que nuestro Dios es el único Dios, el Todopoderoso, creador de cielos y tierra y de toda clase de vida y que siempre está velando por nosotros.

Nosotros, los cristianos, salidos de este grandioso pueblo, nos sentimos orgullosos de nuestro Dios, al que alabamos y damos gracias en todo momento por los bienes recibidos. Por eso hoy quiero cantar a Dios y decirle lo contento que estoy, porque a pesar de que muchas veces le dimos la espalda, cuando volvíamos a Él siempre nos escuchó, perdonó y animó a olvidar y a emprender una nueva vida en su compañía. Todo lo bueno y todo lo perfecto viene de Dios. En Dios no hay periodos de sombra como a veces nos invaden a nosotros Deuteronomio 4, 1-2. 6-8

Dios es la verdad suprema y en la verdad solo hay luz; su Palabra salva y quiere que la aceptemos y la implantemos en nuestros corazones, de esta forma la llevaremos a otros hermanos que están pasando por periodos de sombra. Dios espera que en la Iglesia o fuera, seamos íntegros, visitemos al necesitado de ayuda y de consuelo llevándole la Palabra, ánimo y esperanza. Y por nada, manchemos nuestra alma y nuestro corazón con las impurezas de este mundo. Jesús me aclara definitivamente, aquello que puede enfermar mi corazón y, enfermo yo, cómo puedo enfermar a otros Santiago 1, 17-18. 21b-22.27

A diario somos muy cuidadosos de no comer sin lavarnos las manos, creyendo que de no hacerlo podemos enfermar nuestro cuerpo. Y no nos preocupamos del daño que pueden hacer aquellas imágenes y palabras que vemos y oímos cuando entran por nuestros ojos y oídos yendo directamente al corazón; esto sí que puede enfermar nuestra alma y nos puede acarrear la muerte eterna. No es malo lo que entra por la boca porque ello va a la letrina, lo malo es lo que va al corazón y después sale por la boca, que además de dañarnos y condenarnos a nosotros, nosotros dañamos a otros y los condenamos a seguir nuestro camino.

A nuestro Dios le ofendemos cuando con la boca le honramos y alabamos y con los hechos lo crucificamos. Los preceptos humanos son buenos si están en sintonía con los Mandamientos. Dice Jesús: Lo que sale del corazón del hombre, mata al hombre, porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

Reflexión: