Día 29 de julio

El Señor en su infinita generosidad nos da de comer y sobra. Pueden surgir pequeños inconvenientes en nuestro caminar hacia el Señor, pero todo quedará en pequeñas anécdotas y terminará olvidado, el gozo será inmenso.

Bonito gesto el de un paisano que trae pan de los mejores granos, de las primicias, y lo trae con gusto para regalar a un hombre de Dios, para el profeta Eliseo, y este, inundado de generosidad, en otro gesto que le distingue, le dice al donante: repártelo entre la gente para que coma. El donante replica: ¿Qué hago yo con esto para cien personas? Y Eliseo insiste: repártelo a la gente para que coma. Porque esto dice el Señor: “Comerán y sobrará”. El criado lo repartió a la gente; comieron y sobró como había dicho el Señor (2Reyes 4, 42-44).

San Pablo nos habla del Espíritu que debe mover al cristiano: amabilidad, humildad, cariño, comprensión. Unidos entre todos por el vínculo de la paz. Aceptarnos y sobrellevarnos con paciencia, y con esperanza de alcanzar la unidad con el Señor. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la meta a la que somos convocados. Un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. Y un solo Dios Padre de todo, que lo trasciende todo, lo penetra todo, lo invade todo, está en todo.  Son unas palabras tan sencillas, tan de sentido común, que la relación entre cristianos se consterna al oírlas pero nadie se detiene a analizar si lo que él hace en esta relación es lo adecuado y si está en línea con lo que nos dice san Pablo.

Los grupos creados en las parroquias deben estar vigilantes para evitar cerrarse y que nadie más pueda entrar, o a ser un tanto selectivos; puede haber personas que tengan interés en incorporarse a estos grupos. De existir esta actitud aunque solo sea en algunos miembros, puede ser humillante para esas personas venidas de fuera y que quieran participar más de cerca en la vida cristiana del pueblo, manifestada en la parroquia. Es doloroso observar que quieres entrar y algunos del grupo se cierran más para que no entres. Cuando se da este caso se ha perdido la perspectiva de los valores cristianos. Seguramente entran deseos de abandonar la parroquia. Hay que tener una fe muy consolidada para no reaccionar huyendo de esos comportamientos.

Creo que no hay que llegar al extremo de exigir una solicitud por escrito para aceptar a aquel o aquellos que quieran participar en una actividad parroquial. Eso no sería cristiano. El espíritu de acogida tan necesario en cuestiones de fe brillaría por su ausencia. Estas actitudes de rechazo empiezan en unos y terminan en todos, sobre todo cuando el grupo ya es un tanto numeroso. Pero, es tan opuesto este comportamiento a lo que recomienda san Pablo, que nos lo teníamos que hacer mirar si se diera en nuestra parroquia; no es suficiente razón, que por estar llenos de entusiasmo los componentes, solo miren la cohesión de su grupo y se cuiden mucho de evitar que una persona ajena pueda entrar con el consiguiente riesgo de distraer o romper la dinámica existente.

No se puede culpar a nadie en concreto, porque todos los componentes o miembros piensan que lo que hacen es lo correcto; nadie se daría por aludido y mucho menos cambiaría su modo de actuar cuando se acerca un extraño, dado que algunos lo considerarían poco menos que un intruso si piensan que su aportación podría ser negativa. Y la paradoja es que en lugar de recibirlo con los brazos abiertos, lo que se abraza es el grupo mirando hacia dentro para que el extraño no pueda entrar. A simple vista y sin profundizar más en ello, la apariencia es de normalidad y todo fluye sin que se observe ese rechazo al que yo hago alusión. Creo que en la Iglesia tenemos que corregir algunos vicios para que los que están no se vayan y los que no están vuelvan. Y el primer signo de querer ampliar la comunidad y la actividad de los grupos es “con brazos abiertos al que llega”. Es posible que este comportamiento indeseable tenga su origen en la sociedad no creyente, pero entre cristianos es impropio y es donde más daño se hace al que llega y quiere integrarse en alguna de las actividades  (Efesios 4, 1-6).

La fiesta de los judíos estaba cercana, había mucha gente y estaban enfervorizados con Jesús por los signos que hacía, curaba todos los enfermos y daba respuesta a toda necesidad. Cristo veía a la gente como un poco desorientada en el sentido de que habían perdido la noción del tiempo y teniendo hambre no pensaban en ello; entonces Jesús ante el temor de que se desmallasen, se desvanecieran por el camino, pensó darles de comer. Y dijo a sus discípulos: buscad comida. Dice el evangelista que  había cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. Encontraron unos peces y unos panes; Jesús a través de sus discípulos mandó que se sentaran por grupos y después de bendecir con la acción de gracias, Jesús les dijo que fueran repartiendo panes y peces a todos. Una vez que comieron todos, mandó recoger las sobras para que no se desperdiciase lo sobrante, y recogieron doce banastas en trozos de panes y peces. La gente al ver este signo se decían: Jesús es el profeta que había de venir al mundo.

En este signo Jesús quiso representar la comunión de la Eucaristía, en la que todos los hombres comemos el cuerpo de Jesús y quedamos saciados. Como su nombre indica es una comunión con Jesús. Es la aceptación de Jesús, y comerle como una necesidad de vivir junto a Él, comprendiendo que sin Él no somos nada y nada podemos hacer. Sobre todo para aquellos que creen en su proyecto, en la vida desde el amor, para vivirla en plenitud junto a Él. Lo que Dios quiso desde el principio, establecer su reino en la tierra, para que el hombre y todos los seres vivos vivamos eternamente bajo la influencia del amor de Dios y su protección. Y que todos vivan en óptimas condiciones, dejando atrás los condicionantes de la tierra: clima, enfermedad, hambre, sed, frío Juan 6, 1-15

Reflexión: