Día 24 de julio

El encuentro de hoy es a priori un tanto extraño si nos atenemos a nuestras relaciones familiares y a nuestro comportamiento con nuestras respectivas familias.

Sin embargo, en el contexto que se produjo esto, considerando la personalidad de Jesús y que se reveló a sus discípulos como Hijo de Dios y Dios mismo, “el que me ve a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9), dijo un día. Pensemos que Jesús con treinta años abandona el hogar paterno para irse a predicar, sin alforjas, sin dinero, sin protección ni recursos, incluso decía: “las zorras tienen madriguera y el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Mateo 8: 20). Jesús tenía muy metido en el entrecejo que Dios era su Padre y su misión era anunciar la voluntad de su Padre. El asunto no es baladí.

En la tierra estamos acostumbrados a emprender una misión, y si nos vienen mal dadas donde dije digo, digo Diego y  eso está a la orden del día y no es criticable, cada uno hace lo que cree que debe hacer, pero en pocos casos se tiene la determinación de Jesús en las condiciones que Él actuó. Los que creemos en el Evangelio, partimos de que todo lo que envuelve a Jesús es una verdad auténtica e irrefutable. Es una verdad que aunque tiene mucho de material o parte física, también tiene de espiritual o mística, pero que sigue siendo verdad porque toda ella nos conduce a Dios, a la salvación y a la eternidad.

Por supuesto que la última palabra la tendrá Dios, pero Dios, según mi criterio, jamás cerrará las puertas a nadie que haya vivido bajo la premisa del amor. El que cree en  Jesús no será condenado, porque ha creído en el Hijo de Dios (Juan 3:18). Aquella persona que busca la paz, la justicia, la armonía, la igualdad, deseando que se nivelen los desequilibrios sociales y mira a su prójimo con amor, esta tiene las puertas abiertas, si además son amorosos y respetuosos con Dios y todo lo relacionado con la Iglesia, con Jesús su Hijo, los cristianos, esos también tendrán el camino libre, ¿por qué? Porque Dios es amor y Dios es el que más sabe de amor y buenos sentimientos, como también de obras de caridad; la consideración del hermano, Dios lo valora mucho, todos somos hermanos, pero sobre todo los que cumplen con la voluntad del Padre, conociendo sus mandatos y poniéndolos en práctica. Todas estas conductas son básicas para alcanzar el cielo, máxime si están dentro de lo que Dios recomienda, pero ante todo debemos apelar a su misericordia, dado que es el que tiene la última palabra. Recordemos que seguimos siendo pecadores. Y el cielo es muy exigente.

Estando Jesús reunido con sus discípulos en una casa, le dicen: Maestro, en la puerta unas personas dicen que son tus hermanas, una mujer dice, que es tu madre, a lo que Jesús responde, y dirigiéndose a sus discípulos dice: Mirad, todos estos que cumplen fielmente con la voluntad de mi Padre que está en el cielo, es mi hermano, mi hermana y mi madre. Es importante que tomemos con claridad esta lección: la relación con Dios está por encima de la familiar. Recordemos el primer Mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con todo tu cuerpo, con toda tu alma y al prójimo como a ti mismo (Mateo 22:37)

Hoy Jesús me vuelve a recordar que yo puedo ser su hermano, basta que confíe en la palabra del Padre y la lleve a la práctica ¿Hay algo más sublime? Jesús se hace hermano mío y me llama a vivir con Él la eternidad. Cada día en sus expresiones descubrimos un amor profundo a la humanidad, sin condiciones Mateo 12, 46-50

Reflexión: