Día 10 de junio – 2012 – SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Moisés bajó y dijo al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos. El pueblo contestó a una: “Haremos todo lo que el Señor ha dicho”. Moisés puso por escrito todo lo que había dicho el Señor. A partir de ahora se organizó el pueblo y entre todas las actividades había una que sería la más importante: rendir culto a Dios. Se ofrecerían sacrificios en gratitud hacia Dios. Se configuró el pueblo agrupado en las Doce Tribus de Israel, crearon un altar para los holocaustos y después de leer el documento de la Alianza en voz alta, el pueblo respondió a una: “Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos”, y con sangre de animales quedó sellado este pacto, esta Alianza. Si lo he puesto casi literal es porque es necesario conocer la base de constitución del pueblo y constitución de la Nueva y Primera Alianza hecha con Dios, la que regirá por siglos. Quiero imaginar, no sé si estaré equivocado, que los judíos, hoy miles de años después, fundamentan su año de la fe en el Éxodo, en estos principios de entendimiento con Dios. La liberación de Egipto fue el nacimiento unánime de un ardor espiritual en comunión con Dios.

Pero esa relación entre hombre y divinidad terminó siendo tumultuosa: rupturas, caídas, reconciliación y vuelta a empezar. Algo así como nos pasa a nosotros hoy, quizá lo nuestro con menos intensidad, menor pasión. Los judíos son más pasionales, no sabemos si ese carácter les ha traído los problemas que tienen o los problemas les han traído el carácter. La verdad que leyendo el Éxodo podemos conocer si se puede llamar bravura de ese pueblo y el aspecto indómito de su carácter. Ni Dios era capaz de doblegarlo en ciertas ocasiones. Gracias que la paciencia de nuestro Dios, su piedad y misericordia, transforman el corazón más duro Éxodo 24, 3-8

En Cristo la consagración de lo profano toma una nueva dimensión. Antiguamente en la primera Alianza, la sangre de machos cabríos bastaba para consagrar. El altar del templo era el lugar elegido y propicio para esta acción. Hoy en la Nueva Alianza es la sangre de Cristo la que purifica al hombre, es su sangre la que nos limpia de todo pecado y la que nos abre las puertas a la eternidad. Hoy el templo es su cuerpo, que viene como Sumo Sacerdote. No hay templo más grande ni más perfecto, más que los hechos por manos de hombre. Cristo se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, para purificar nuestra conciencia de las obras muertas. Por su muerte hemos sido todos redimidos, los de la Primera Alianza y los de la Segunda Alianza, para que disfrutemos de la herencia de Dios Hebreos 9, 11-15

Pero Cristo, para seguir la tradición y agradando los deseos de sus discípulos, cenarán cordero en la noche de Pascua; le preguntaron que donde quería Él celebrarlo, y les dijo dónde. Esta noche se dijeron las más poderosas palabras que se dirán hasta el fin de los tiempos para consagrar las especies de pan y vino en el cuerpo y la sangre real de Jesús. Son dos sacramentos, el bautismo y la comunión, que buscan el abrazo definitivo con Dios, el encuentro real con la verdad y la justicia  y el descanso eterno, la felicidad sin condiciones que no acaba. Donde hay amor no hay engaño y el amor es eterno.

Dios tiene abiertas las puertas del cielo a las personas que aman. Estas palabras transformadas sobre el pan, son: “Tomad, esto es mi cuerpo” y sobre el vino: Llenando la copa, dio gracias a Dios, y dando la copa a sus discípulos todos bebieron mientras decía: “Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos”. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios. Después de cantar el salmo se fueron al Monte de los Olivos. Solo decir una cosa más: para separar el oro de la tierra, busquemos las palabras que salvan, y estas anteriores son unas de ellas Marcos 14, 12-16.22-26

Reflexión: